San Francisco, I love you!

Parecía imposible pero llegó. Llegó el momento de dejar San Francisco. Esta mañana, (o ayer por la manañna, ya no me aclaro con el cambio horario,) al salir de la que ha sido nuestra casa durante dos años, me he abrazado a las paredes. Ya lo sé, es ridículo, pero ha sido un gesto espontáneo. 
 
Sin embargo, algo en mí, algo así como un mecanismo de defensa, no me deja darme cuenta de que va en serio, de que nos hemos ido para siempre de mi amada San Francisco.
 
Me enamoré de esta ciudad cuando la vi por primera vez, hace 20 años. Estaba entonces estudiando en la Universidad de Columbia en Nueva York y unos cuantos compañeros de clase decidimos aprovechar el spring break para viajar a la otra costa. Aterrizamos en San Francisco, y apenas llegar la ciudad nos recibió con un “suave” terremoto 🙂 Para los locales fue suave, para mí fue, con perdón, bastante acojonante. A pesar de haber empezado con tan mal pie, recuerdo haber escrito a mi padre diciéndole: “Papá, San Francisco es la ciudad más bonita del mundo”. Yo había visto ya algunas ciudades, pero esta me impactó profundamente. Era como sí desde el futuro me llamara y me dijera: “Mira que aquí están dos de los mejores años de tu vida”. Sí, fue algo así como un presentimiento. ¡Pero qué iba a saber yo entonces que dos décadas después volvería, con un marido italiano y una hija de tres años!
 
Y hoy de repente me levanto y me doy cuenta de que esos dos años que me llamaban desde el futuro ya forman parte de mi pasado, como un suspiro.
 
Pero espero no olvidar. No olvidar los paisajes sonoros de esta ciudad mágica: desde mi apartamento podía oír el constante, sordo, casi impercetible rumor de los cables del tranvía que recorren la ciudad como nervios, por debajo del asfalto. Y escuchaba también los gritos divertidos de los turistas cuando el conductor del “cable car” lo dejaba caer con fuerza por la empinadísima calle Washington. O el sonido de las campanas de la Grace Cathedral, que el domingo cantaban. O la “voz” de las focas, que en las noches cálidas subía directamente desde el Pier 39 hasta la ventana de mi habitación.
 
 
 
 
Y recordaré también, sin duda, que fue esta ciudad la que me hizo comprometerme de por vida con el yoga. Aquí están algunos de los mejores profesores del mundo, y yo he tenido la suerte de encontrarme con varios: Jon Isaacs, mi maestro. Katrin Kutner, Sonya Genel, Sean Feit, Jean Mazzei, David Nelson, Marisa Torriggino, Michelle Myhre, Darren Main, Pete Guinosso, John Friend y Desi Springer… Los llevo a todos en el corazón para siempre. Para ellos solo una palabra: gracias.
 
 
 
 
Y seguro que echaré de menos lo fácil que es allí encontrar comida orgánica. En todas las esquinas hay supermercados llenos de hermosos vegetales y frutas de cultivo ecológico. Y no solo eso, también el arroz, las legumbres, el pan, la leche, hasta las galletas y la mantequilla son orgánicos. En eso sí, lo siento, pero San Francisco 1- Valencia 0. Aquí, al menos cuando yo me marché, para conseguir algo orgánico tenías que ir al Corte Inglés, donde en una esquina recóndita podías encontrar, a precio de oro eso sí, dos pepinos marchitos y cuatro tomates llenos de manchas, que por no verles la cara acababas por no comprar, y tenías que ir a morir (nunca mejor dicho) al cultivo convencional, tratando de no pensar en los pesticidas y otros venenos que se esconden tras esa etiqueta.
 
En fin, aquí estoy en la calurosa Valencia, aprovechando la lucidez nocturna que me concede el cambio horario, con hambre de galletas de quinoa y semillas de lino (se llamaban Mary´s gone, ¡ahora sí que Mary´s gone de verdad!), y sed de kombucha. Recordando a mis amigos, los viajes, la emoción de la última semana de la Copa América… 
 
 
 
Y preguntándome hasta cuándo te voy a tener que echar de menos, mi bien amada San Francisco.